viernes, 29 de abril de 2011

Luces y Sombras (3ra)


Por fin había llegado el momento. La gran noche del estreno hoy seria realidad. Amanda se prepara para salir a escena, revisa los últimos detalles. Repasa los diálogos en su cabeza, se siente ansiosa y con temor a la vez. Este es su primer protagónico en teatro. Una puesta en escena de la gran obra de Alejandro Casona: “Siete Gritos en el Mar”.
Está en su camarín. Ya tiene puesto el vestuario que la lleva a convertirse en Mercedes, la esposa de un alcohólico y la amante de un multimillonario. El vestido beige de seda tiene una caída que acaricia suavemente la piel de Amanda, el cuello bote con detalles de encaje asimétricos deja descubiertos sus hombros. Azul noche son los guantes que luce. La postura y la actitud de Amanda ya no es la propia,  es la de su personaje.
Se sienta frente al espejo para retocar su maquillaje, se mira y ve en sus ojos la misma mirada inquieta  que tuvo cuando subió a un escenario por primera vez. Una sonrisa se esboza en sus labios.
A pesar de que solo faltan unos minutos para salir a brillar en la primera función, sus pensamientos están muy lejos. Están recordando esa primera vez.
Tenía quince años. Estaba en la escuela secundaria, era muy estudiosa y aplicada con sus obligaciones. Ese año llegó  una profesora nueva, una profesora de teatro.
Amanda toma de su estuche de maquillaje el lápiz labial, corrobora que el color es el indicado, lo pone en sus labios.
Se acuerda que el taller de actuación era obligatorio. No le gustaba. Aunque eso no era del todo cierto, siempre es difícil dar el primer paso. Sentía vergüenza de soltarse en las clases, de exponerse. Siempre comenzaban con una relajación, los hacía correr, saltar, gritar, acostarse en el piso. Todo demasiado exagerado en su opinión. Un día y sin aviso previo, la profesora comentó que presentarían una obra de teatro a toda la escuela.
Amanda sintió pánico ante semejante situación, recuerda mientras se peina frente al espejo. La profesora los hizo improvisar. Los separó  en grupos y les dio roles. Iban a jugar a ser otros. Le toco interpretar a una esposa, madre de familia, que tenia al marido muy enfermo. Tenía que llorar, reír y gritar.
Un sonido extraño la regresa  a la realidad, es su teléfono vibrando sobre la mesa. Alguien muy querido le deseaba que se rompa una pierna. En teatro suerte nunca. Se ríe y se levanta de la silla. Se acerca al gran ramo de flores que le obsequiaron. El perfume de las rosas invade el camarín.
Toma el relicario que cuidadosamente está apoyado sobre la mesa. Lo abre, sus ojos se humedecen. Lo besa y  se  acuerda obsequio de quien fue. Se lo pone y lo oculta dentro del vestido. Sin él no sale a escena.
Recuerda que con timidez subió las escaleras y llego a Él, al escenario. Era antiguo y de madera, y crujía cuando caminabas sobre él. Espacioso y oscuro. Mira su reloj, solo faltan diez minutos, vuelve a ver su imagen en el espejo. Acomoda las fotos que tiene en el marco.
Aquella vez ella y su grupo comenzaron a actuar. Al principio desempeñaba su papel con miedo (sobre todo frente a la mirada atenta de los demás compañeros), de a poco logró soltarse y aprender a disfrutar. Con cada clase era más libre.
Amanda sabe que esa primera experiencia marcó su corazón y su camino. Producto de ello es que pueda vivir intensamente, aunque nunca logró aprender a ser espontanea, a desestructurarse por completo.
Vuelve al presente. Hoy también se va a enfrentar con sus miedos, se siente con fuerza pero también con timidez de salir a escena. A ese escenario iluminado maravillosamente. Se pregunta si  será capaz de hacerlo. Ella sabe la respuesta.
Trata de recordar la frase con la que debe entrar a escena. El personaje del  Capitán le da el pie. No puede permitir distraerse, mucho menos quedar en blanco.  Recuerda todas sus líneas.
Alguien toca su puerta. Le avisan que ya es hora.  Vuelve a mirarse al espejo, abrocha los botones de su vestido, se pone perfume y le agradece a Dios la posibilidad que le dio, vuelve a su mente esa profesora que le enseñó que se vive una sola vez y que hay que hacerlo intensamente.
Se vuelve a peinar, se pone los aros que ella misma consiguió en una casa de antigüedades para su personaje. En su pelo coloca la hebilla azul, que combina con el color de los guantes.
Sobre la mesa están la cartera y el abanico, accesorios que completan su vestuario, los toma. Lo último que hace es ponerse los zapatos, unos maravillosos, que la ubican a la altura de las circunstancias. Se siente completa y lista. Segura de todos sus diálogos.
Con una sonrisa, mitad de nervios y mitad de alegría, sale a encontrarse con el resto de los actores para dar comienzo a la función.

1 comentario:

  1. En el texto el ida y vuelta entre el pasado y el presente que generan los recuerdos de la protagonista, sumado al hecho de que los datos acerca de la situación son otorgados a cuentas gotas, esta estrategia en la forma de narrar crea un efecto de suspenso, de intriga que atrapa al lector a querer saber los datos que completan la escena para poder entender el sentido global. Este aspecto de tu texto creo que es muy destacable.

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