Caminando sin prisa, deteniéndome en las casas de venta de libros usados donde siempre encuentro algo para comprar, en las calles se pueden apreciar los detalles de un día cualquiera en la tumultuosa ciudad. Desde lejos ya puedo observarla. Es imposible que pase desapercibida. Es el centro de atención. La rodean los edificios más importantes y muchos de ellos antiquísimos. Su forma podría decirse que es rectangular, pero con sus calles menores en forma de semicírculo.
Estoy hablando de una plaza, pero no de cualquiera, sino de una que fue testigo e incluso protagonista de los acontecimientos trascendentales a nivel nacional.
Ésta es la Plaza de Mayo, sitio fundamental de la Ciudad de Buenos Aires. Nació de la unión de las Plazas de la Victoria y del Fuerte al demoler, en 1884, una construcción llamada Recova Vieja que las separaba.
Lugar de festejos y alegría pero también de reclamos y dolor. Es un signo de nuestra Nación y nos representa. Allí late el espíritu de millones de argentinos. En su momento los criollos pedían Cabildo Abierto. Los descamisados pedían a Eva como Vice, y luego lloraron su muerte. Se repudió el gobierno militar de Videla. Se iluminó cuando volvió la Democracia en el 83. Se llenó de odio bajo la consigna “Que se vayan todos”. Miles de Argentinos festejaron el Bicentenario. Todo eso sucedió en el mismo lugar.
Salvo los festejos del Bicentenario por razones obvias, todos los demás acontecimientos los estudié en casi todos los años de la escuela. Escuché tantas versiones sobre un mismo hecho como estrellas hay en el cielo. Y sí, la historia la escriben los vencedores. De los otros nadie se acuerda o eso nos quiere enseñar la escuela. Está en nosotros que versión tomar como verídica ya que no vivimos esos momentos. Siempre que alguien cuenta una historia, hay otra que se está omitiendo.
Brilla en sol. El reloj de la Casa de Gobierno marca las dos de la tarde. La plaza es lugar de descanso y conexión con la naturaleza. Hombres y mujeres recostados en el pasto bajo el sol se toman un respiro de su rutina de trabajo y respiran el aire cálido. Algunos leen, otros sólo se recuestan y miran el cielo. Muchos almuerzan.
Veo un hombre de traje con una mochila que camina hacia uno de los árboles que adornan la plaza. Saca una lona y la coloca en el pasto. Se recuesta y toma de entre sus pertenencias un libro. Paso caminando cerca de él para tratar de ver qué lee. Lo logro. “Cien años de soledad” de García Márquez.
El clima de violencia en el que se desarrollan sus personajes es el que marca la soledad que los caracteriza, provocada más por las condiciones de vida que por las angustias existenciales del individuo. Acá otra vez veo la historia pasar ante mis ojos. Cómo cada uno de nosotros es responsable de lo que nos pasa.
Muy entretenido el joven, lo llamo así porque tiene unos treinta y cinco años, almuerza acompañado de un libro. En este momento está desconectado de la realidad. O eso es lo que él piensa.
Es un desfile constante de gente que va y viene. En su mayoría con prisa y sin contemplar la belleza del lugar; otros pasean y se retratan. Es un punto fijo de cualquier tour turístico. Miles de viajeros por día recorren la plaza y equipados con cámaras de última generación toman fotos de nuestros monumentos, de la Casa Rosada, el Cabildo y la Catedral que pasan a formar parte de su álbum de viaje.
Una pareja francesa se me acerca y me pide que les saque una foto. Ella habla un poco español. El joven me explica cómo se usa la cámara. Yo sé cómo usarla, igualmente dejo qué me muestre.
Se arreglan para posar para la fotografía. Siento curiosidad y cruzo con ellos unas palabras.
_ ¿Están de vacaciones?- Sonríen sorprendidos al escuchar de mi boca su lengua materna.
_ Si. Llegamos hace dos días. Acá (en Capital) nos quedamos unos días más. Después vamos al sur – Comentan muy orgullosos.
_ Es muy lindo todo el sur, pero ¿a qué parte van? – Pregunté imaginándome la respuesta.
_ Vamos a El Calafate – responde él en un español atravesado – También planeamos ir a Ushuaia – aclara ella.
_ ¡Qué bueno! Es muy lindo. Sólo les quedará para la próxima conocer el Norte y la Cataratas.
_ Ya lo visitamos en nuestro primer viaje. Tienes suerte de vivir en este país tan hermoso – comentan maravillados.
_ Si, es realmente hermoso.
Se despiden y continúan caminando sin un rumbo definido. Imagino que hacia el hotel donde se hospedaban.
Qué hermoso es este país. Me encantaría conocerlo y recorrerlo de punta a punta por la ruta 40. Es una lástima que la mayoría de los argentinos no lleguen a conocer esos extraordinarios lugares por los que somos conocidos en el mundo entero. Me indigna que sea más económico ir al sur de Brasil que al propio Sur Argentino.
Es culpa nuestra en parte. Tenemos fascinación por conocer Europa, viajar a New York y conocer Nueva Zelanda. No comprendemos que todos los paisajes los tenemos en nuestro territorio. Somos privilegiados y también muy necios.
Hay tantas cosas para hacer, para cambiar y parece todo tan lejano. No hay que perder la fe. Recuerdo a quienes desde esta plaza lucharon por un país mejor y creo que la Argentina depende de nosotros y de cómo vivamos nuestra vida en la sociedad. Todos tenemos un rol, con derechos pero también con obligaciones.
Me siento en un banco. Diviso a lo lejos un grupo de niños de un Jardín de Infantes. Tomados de la mano y guiados por algunas maestras recorren el lugar. Pasan muy cerca de mí y puedo oír lo que dicen.
La señorita les preguntaba a los chicos si se acordaban la imagen qué ella les había mostrado la semana anterior. Sólo algunos dijeron que sí.
_ ¿Qué había en la foto? Eran cuatro… ¿se acuerdan?
_ Sí – respondieron fuerte cinco o seis niños – ¡¡Son fuentes!!
_ ¿Y lo qué ven adelante? ¿Qué está en el centro de la plaza?
_ ¡El obelisco! - respondió muy contento uno de los alumnos mientras señalaba – ¡si es ése!
Eso no quedó muy claro para el chico. La maestra le explica que es la Pirámide de Mayo y continúan su camino alejándose cada vez más del lugar donde me encuentro sentada.
Parado en la base y apoyado sobre el mástil donde flamea en lo alto la bandera de Argentina, un abuelo y sus nietos le dan de comer a las palomas. Éstas últimas, que entorpecen el paso a los caminantes, constituyen un elemento depredador de la plaza. Bicho más asqueroso no hay. Ese sonido que emiten me provoca un rechazo total.
Inmersa en mis pensamientos soy interrumpida por un artesano. Un joven que vende artesanías hechas con alambre. Me convence de que una pequeña flor es perfecta como separador. Él me lo sugiere, luego de disculparse ya que cortó mi lectura. Mientras se aleja trato de pensar cuál es su historia.
Las campanas de la Catedral me devuelven a la realidad. Ya son las tres. Algo cansada de mi posición y con frío por la ocurrencia del sol de esconderse me preparo para partir. Cómo todavía es temprano para comenzar mi rutina de trabajo camino en dirección a la Rosada, detrás está el recientemente inaugurado Museo del Bicentenario.
Una vez adentro comienzo a recorrerlo. Muy luminoso y amplio. Algo frío. Tengo la sensación de estar leyendo un libro de historia Argentina. Rodeada de muebles antiguos, obras de arte de grandes artistas nacionales y varios granaderos contemplo en un abrir y cerrar de ojos 200 años de historia.
El lugar tiene un estilo propio. Reina la pulcritud y la luz. La tecnología juega un papel importante en el lugar ya que a través de unas pantallas interactivas el visitante puede elegir y escuchar los relatos de distintos pasajes de la historia del país.
No puedo evitarlo. Me detengo frente al enorme cuadro de Eva y Perón. Mi abuelo tenía la misma imagen en su habitación. Muy común de la época. Él me enseñó que siempre tenía que decir que era de Boca y Peronista. Yo lo decía, tenía dos años.
Al pasar por un pasillo escucho la conversación de dos señoras con dos jóvenes. Ellas argentinas, ellos extranjeros y por su acento imagino que son colombianos. En un tono de voz entre alegre y orgulloso las mujeres agradecen el comentario de los jóvenes sobre el país, nuestra cultura y la manera en qué la sociedad participa en la historia.
Somos reconocidos en el mundo por tantas cosas. Muchas buenas y otras que mejor me gustaría olvidar, no sólo a mí sino a mucha gente. Dependiendo de quién es el emisor y de cómo es la enunciación el mensaje llega a las personas de manera diferente. Aunque cada sujeto elige qué es lo que realmente se quiere decir.
Maravillada por algo que siempre me gustó y con ganas de aprender más tengo que dejar el lugar porque el tiempo es tirano y cuándo uno más disfruta parece que más deprisa pasa.
Al salir camino hacia la plaza y me sumerjo en ese mar de gente que va y viene por ella. No lo tuve en cuenta antes, sólo lo comprendí al cruzar las vallas que dividen la plaza en dos, hoy es jueves. Una camioneta blanca sobre la plaza, gente amontonada y pañuelos blancos lo confirma.
Si algo o alguien es un símbolo de este lugar son las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo que hoy, después de veinticinco años desde que lo hicieron por primera vez, llegan todos los jueves por la tarde y rodean la Pirámide de Mayo. Tradición que comenzó porque durante el gobierno militar no podían reunirse más de dos personas en un lugar. Les dijeron que circulen, ellas lo hicieron. Siempre caminando alrededor de la pirámide. Hoy por el pasar de los años se sientan rodeándola.
Muchas veces pienso cómo hubiera sido vivir esa época. No puedo imaginarlo. El coraje de esas mujeres que se enfrentaron a los hombres más perversos e inhumanos y que luchaban por recuperar a sus hijos y hoy lo hacen por sus nietos me conmueve. Sólo algo de todo esto no me gusta y es la pelea política.
Un ruido me distrae de mis pensamientos. Amarillo intenso es el Bus Turístico que recorre todos los días cada rincón de la Plaza. Lo veo pasar y el semáforo cambia de color. Los peatones somos tan irresponsables. Cruzo y de a poco me alejo de ese lugar donde hoy reina la paz. Pocas veces sucede esto. Día por medio, y a veces más, ciudadanos reclaman sus derechos, protestan por alguna medida o festejan otras.
Al salir de trabajar ya el sol se ocultó. Las luces iluminan cada lugar de la plaza. Los canteros de flores parecen más coloridos. El agua de la fuente más danzante. El toque final es la luz que transforma a la Casa Rosada en más rosada.
Pero como todo no es color de rosa y las cosas no son tan perfectas cómo a veces nos quieren mostrar. Al aparecer la luna también lo hacen las personas que no tienen un hogar donde dormir y alimentarse y que toman cómo propio este lugar.
Tan distinto es el paisaje dependiendo del momento en que uno mire hacia la plaza. Tantas cosas para hacer y para mejorar. Se hacen cosas pero todavía faltan. Se necesita fuerza para seguir, para luchar y lograr que el sueño de la igualdad no quede sólo en eso y se transforme en una realidad.
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